le va a creer! ¡Nosotros no la matamos!
—¿Ah, no? —Lucía levantó una ceja—. Beto me dijo que ustedes esperaron cuarenta minutos para llamar a la ambulancia. Que tú, Víctor, entraste a la recámara, la viste agonizar y dijiste que esperaran.
Víctor perdió la compostura. El barniz de caballero elegante se le cayó a pedazos, dejando ver al monstruo que llevaba dentro. Su rostro se enrojeció de furia y se acercó a Lucía levantando el dedo, cegado por la soberbia.
—¡Ese alcohólico de mierda no vio nada! —gritó Víctor, escupiendo