la puerta y Lucía, en un acto de profundo respeto y liberación, corrió las cortinas y abrió las ventanas de par en par, dejando que el aire fresco y limpio de la noche tapatía se llevara el encierro y el dolor. Todo estaba por fin en paz.
Esta historia no es solo un cuento de traición, familia y dinero. Es un recordatorio crudo de que la maldad, muchas veces, no viene con cara de monstruo ni entra por la ventana en la madrugada. A veces, la maldad tiene la cara