la vida, detestaron a Lucía desde el primer domingo que la llevó a comer a la casa. Silvia soltaba veneno disfrazado de amabilidad: “Ay, Lucía, qué raro que te fijes en un viudo rico, ojalá no lo dejes en la calle”. Lucía, sin inmutarse, la puso en su lugar frente a todos. Desde ese día, le declararon la guerra.
A pesar de todo, Alejandro y Lucía decidieron casarse. Él se negó a firmar un acuerdo prenupcial. “Lo mío es tuyo”, le dijo. Pero el día de la boda civil, en