pleno juzgado, Alejandro empezó a sudar frío. Estaba pálido, gris.
—Es solo un tecito para los nervios que me dio Silvia en la mañana —alcanzó a murmurar antes de desplomarse frente a la jueza.
Cayó como un árbol talado. Ahora, en los pasillos del hospital, mientras la familia fingía llorar, el cardiólogo llamó a Lucía a un rincón, lejos de las miradas de los demás.
—Lucía —dijo el médico, pálido y sudoroso—. Los análisis acaban de salir. Esto no fue un infarto por estrés. A don Alejandro le dieron una