Por primera vez desde el accidente, los comentarios habían desaparecido por completo.
Miré por la ventana.
La ciudad seguía viva. Los coches avanzaban por las calles y las luces de los edificios iluminaban la noche.
Mi vida no necesitaba convertirse en una historia perfecta.
No necesitaba una protagonista elegida por desconocidos.
Y tampoco necesitaba que alguien muriera para que otra persona encontrara la felicidad.
Cerré el cuaderno y apagué la lámpara.
Aquella noche comprendí que, aunque nunca llegara a descubrir qué eran realmente aquellos comentarios, había algo que sí podía