en una silla de plástico con una bolsa de hielo apoyada contra el hombro.
Tenía manchas de sangre seca en la blusa.
Sus lentes estaban rotos.
Y faltaba uno de los cristales.
Cuando me vio entrar, intentó sonreír.
—Sabía que vendrías.
Me arrodillé frente a ella.
—Siempre voy a venir, mamá.
Exigí que recibiera atención médica inmediata.
Nadie discutió.
Mientras los paramédicos se la llevaban en una camilla, el comandante Hernández me condujo hasta su oficina y abrió el reporte.