se escuchaba la llamada de emergencia.
Alejandro había mentido.
No había tomado el bat para defenderse.
Lo había llevado desde su vehículo.
Y había encontrado algo dentro de la casa.
—Tenemos causa suficiente para solicitar el aseguramiento del vehículo —dijo Hernández.
—Háganlo.
Pero llegamos tarde.
La camioneta ya no estaba.
Alejandro tampoco.
Su teléfono se encontraba apagado.
Cuando revisé nuestra casa, encontré su ropa todavía en los armarios.
Sus zapatos de vestir.
Sus relojes.
Incluso su pasaporte.
Pero faltaban dos cosas.
Su computadora personal.
Y un pequeño archivador metálico que