vacía, convencido de que las pruebas seguían allí, pero ya era demasiado tarde. Antes de marcharme, don Ernesto me alcanzó en la puerta y me entregó una segunda llave mucho más pequeña. Explicó que mi abuelo se la había confiado meses antes de morir con una sola instrucción: entregársela únicamente si algún día veía a Esteban reclamar aquella propiedad. La diminuta llave tenía grabadas tres letras: “B.F.”.
Esa misma noche llevé la memoria a un especialista en informática recomendado por un antiguo contador de la empresa. Al abrir los
Esa misma noche llevé la memoria a un especialista en informática recomendado por un antiguo contador de la empresa. Al abrir los