—Sé que es tarde.
—Para nuestro matrimonio, sí. Para tus hijos, todavía no lo sé. Eso depende de lo que hagas a partir de hoy.
Él asintió. No pidió otra oportunidad como esposo. Tal vez por fin entendía que arrepentirse no daba derecho a recuperar lo perdido.
El sábado llegó a las once en punto. Llevó un tablero barato y un libro de aperturas que había comprado la tarde anterior. Diego lo derrotó en veintisiete minutos.
—Te advertí —dijo el muchacho.
—Otra.
Jugaron tres partidas. Mauricio perdió las tres. Sofía