se sentó en el piso a dibujar y, al irse, le entregó una hoja con un gato azul. Él la guardó con cuidado.
Las visitas continuaron. Algunas salieron bien; otras fueron incómodas. Diego hablaba poco. Sofía a veces corría a recibirlo y otras veces ni levantaba la cabeza. Mauricio dejó de exigir cariño inmediato. Llegaba, cumplía y se iba cuando correspondía.
Una vez, en noviembre, Mauricio llamó dos horas antes de la convivencia para decir que una audiencia se había alargado. Verónica sintió la vieja furia subirle al pecho, pero