no discutió por teléfono.
—Díselo tú a Diego —respondió.
Mauricio habló con su hijo. Diego escuchó sin interrumpir y sólo contestó:
—Entonces la próxima semana no hagas planes que no puedas cumplir.
Mauricio llegó esa misma noche, aunque fuera tarde, con comida para cenar. No intentó comprar el perdón con regalos. Se sentó en la cocina y esperó hasta que Diego terminó su tarea. Jugaron una sola partida. Cuando se fue, el muchacho no sonrió, pero tampoco cerró la puerta de su cuarto.
Verónica entendió entonces que reparar una familia