de salir, Mauricio miró a Verónica.
—Gracias por dejarme venir.
—No fue por ti. Fue por ellos.
—Lo sé.
A medianoche, Sofía levantó su vaso de sidra.
—Quiero que todos estemos vivos, que nadie se vaya sin avisar, que ya no nos mudemos y que tengamos un gato.
—Lo del gato se negociará aparte —respondió Verónica.
Todos rieron, incluso Diego.
Más tarde, cuando los niños dormían, Raúl encontró a Verónica lavando platos.
—Voy a decirte algo una sola vez —anunció—. Estoy orgulloso de ti. No porque hayas resistido, sino porque