no convertiste el dolor en veneno.
Verónica dejó el plato sobre la rejilla.
—Gracias.
—No me agradezcas. Sólo sigue así.
En febrero llegó la confirmación final: la casa de Tapalpa estaba otra vez a nombre de Verónica. Ella leyó el mensaje mientras hervía agua para café. No gritó ni lloró. Escribió a Raúl: “La casa ya quedó”.
Él respondió tres minutos después: “Bien. En mayo vamos todos a revisarla”.
Todos.
Aquella palabra pesó más que la escritura.
En marzo, Verónica se detuvo frente al dibujo de Sofía. Recordó el primero: