continuó, como si llevara semanas esperando a poder soltarlo.
—Y Carlos jamás le habría prestado doscientos euros a nadie. No porque fuera tacaño, no. Al contrario. Es que nunca tenía doscientos euros juntos. Si cobraba un viernes, el sábado ya había comprado algo para Bruno, unas flores para mí o un libro de segunda mano que decía que le había llamado desde el escaparate.
Se le escapó una risa pequeñita.
Una risa rota.
—Cuando Rafa me dijo aquello, supe que era mentira.
Yo apoyé las manos en la caja.
—Entonces… ¿