La Mentira Más Bonita del Hombre Tatuado que Salvó a una Anciana

nada.

La miré con la misma cara que debí poner cuando Rafa me confesó su secreto.

—¿Que sabía qué?

Ella levantó la vista.

Los ojos le brillaban, pero no lloraba.

—Que Rafa no conocía a mi Carlos.

Se me fue el aire.

Durante unos segundos, solo se oyó el pitido de otra caja al fondo.

Doña Carmen sonrió con una

tristeza suave.

—Mi hijo era muchas cosas, hija. Bueno, cabezota, despistado, cariñoso hasta decir basta. Pero no tenía ningún amigo llamado Rafa.

Me quedé callada.

No sabía qué decir.

Ella