niño.
—Lo sabe, ¿verdad? —susurró.
No contesté.
No hacía falta.
Rafa abrió el sobre despacio.
Sacó primero la foto.
En la imagen se veía a un hombre joven, delgado, con sonrisa torcida, agachado junto a un pastor alemán cachorro que parecía más orejas que perro.
Por detrás, con letra temblorosa, Doña Carmen había escrito:
“Este era mi Carlos. Creo que
le habrías caído muy bien.”
Rafa se llevó la mano a la boca.
Luego leyó la nota.
No sé todo lo que decía.
No debía saberlo.
Pero vi cómo aquel