hombre de casi dos metros se rompía allí mismo, frente a mi caja.
No hizo ruido al principio.
Solo cerró los ojos.
Apretó la foto contra el pecho.
Y entonces las lágrimas le empezaron a caer por la cara, una detrás de otra, resbalando sobre los tatuajes del cuello.
—La he engañado —dijo con la voz rota—. La he engañado como un cobarde.
—No.
—Sí. Le hice creer que su hijo me había mandado. Me inventé una vida que no era mía. Me metí en su dolor sin permiso.
Yo