salí de detrás de la caja.
No me importó que mi encargada me mirara raro desde el pasillo.
—Rafa, ella lo sabía.
Él abrió los ojos.
—¿Qué?
—Lo supo desde
el primer día.
La cara se le quedó blanca.
—Entonces soy aún más imbécil.
—No. Entonces ella también te estaba cuidando a ti.
Rafa se tapó la cara con las manos.
Y ahí, en mitad del súper, con las luces del cierre encendidas y el suelo recién fregado, me contó su otra verdad.
No con detalles oscuros.
No con grandes