La Mentira Más Bonita del Hombre Tatuado que Salvó a una Anciana

día siguiente, a las cinco en punto, Rafa volvió al portal de Doña Carmen.

Yo no estaba allí, pero ella me lo contó después.

Me dijo que abrió la puerta antes de que él llamara.

Que Rafa estaba en el rellano, con la correa azul en una mano y la foto de Carlos en la otra.

Que no pudo mirarla a los ojos.

—Perdóneme —le dijo—. No tenía derecho.

Doña Carmen le tocó la manga de la chupa.

—Mírame, Rafael.

Él levantó la cabeza como un crío regañado.

—Tú no