a nuestros vecinos de lo que pensamos.
Aquella tarde operaron a Bruno.
La cirugía duró casi ocho horas.
Yo recorrí tantas veces el pasillo de la clínica que una asistente terminó acercándome una silla.
No pude sentarme mucho tiempo.
Cada vez que una puerta se abría, levantaba la cabeza.
Finalmente apareció la doctora Valeria.
Se quitó la mascarilla.
Y sonrió.
—Salió adelante.
Tuve que apoyar una mano contra la pared.
Bruno había perdido el bazo y habían tenido que reparar la arteria dañada, pero su corazón había resistido.
Seguía teniendo