El sheriff disparó a mi hijo y se rio… pero no sabía quién era realmente su padre

dijo Ortega.

—Nunca he dicho que fuera a hacerlo.

Tres horas después entré en aquella iglesia acompañado por Ortega y dos investigadores estatales.

Thomas Bell estaba sentado en la primera fila.

Parecía veinte años mayor de lo que recordaba.

Cuando me vio, se levantó.

—Caleb.

No respondí.

Me acerqué hasta quedar frente a él.

—¿Mi hermano está vivo?

Bell bajó

la mirada.

—Sí.

Sentí que todo el cuerpo se me tensaba.

—¿Dónde?

—No lo sé.

—No me mientas.

—No te estoy mintiendo.

—Entonces dime qué ocurrió.

Bell respiró profundamente.

—Victor