ese instante mi teléfono vibró.
Otro mensaje del mismo número desconocido.
Esta vez había una fotografía.
La abrí.
Era Elena.
Estaba sentada dentro de un coche, mirando hacia atrás con expresión aterrada.
Debajo de la fotografía había cinco palabras:
“Ella también vio lo ocurrido.”
Y un segundo mensaje apareció inmediatamente después:
“Encuéntrala antes que ellos.”
Levanté la mirada hacia Ortega.
Diecisiete años atrás había aprendido que las situaciones más peligrosas no comenzaban cuando alguien disparaba.
Comenzaban cuando demasiadas personas tenían razones para impedir que la verdad saliera a la luz.