no tiene sentido —murmuré.
Ortega amplió la imagen.
La calidad no era perfecta, pero el rostro resultaba inconfundible: las mismas gafas, el mismo cabello gris, la misma cicatriz pequeña junto a la ceja izquierda que aparecía en la fotografía del expediente.
—¿Estás seguro de que es Bell?
—No voy a afirmarlo oficialmente hasta que lo confirme nuestro equipo —respondió Ortega—.
Pero se parece muchísimo.
—Entonces averigua quién enterraron hace tres semanas.
Ortega me miró.
—Eso mismo estaba pensando.
Mientras Ethan seguía en quirófano, la fiscalía estatal comenzó a reconstruir las