hubiera estado embarazada cuando desapareció.
—Rosalind —susurré—, ¿son míos?
Sus ojos se llenaron de lágrimas.
—Sí, Christopher. Son tus hijos.
Durante varios segundos, el aeropuerto desapareció.
No escuché los anuncios.
Ni las maletas.
Ni las conversaciones.
Solo aquellas cuatro palabras.
Son tus hijos.
Me apoyé en una rodilla para no perder el equilibrio.
—¿Por qué no me lo dijiste?
Rosalind soltó una risa amarga.
—Te lo dije. Muchas veces.
Sentí que el corazón se me detenía.
—Nunca recibí nada.
—Lo sé ahora.
Sacó de su bolso un sobre viejo, doblado