Mi mejor amiga me envió “por accidente” una foto abrazando a mi esposo. En lugar de reclamarles, la publiqué para felicitarlos… y a la mañana siguiente tenía 180 llamadas perdidas.

taza de té.

En el calendario tenía apuntado un viaje de fin de semana con mis padres.

No tenía un marido esperándome.

No tenía una mejor amiga a quien contarle mis secretos.

Pero tampoco tenía que vivir vigilando expresiones, justificando silencios ni haciendo pequeños sacrificios diarios para que otras personas estuvieran cómodas.

Pensé en responderle muchas cosas.

Que había llorado.

Que había tenido miedo.

Que todavía quedaban heridas.

Que la felicidad no consistía en despertarse sonriendo todos los días.

Finalmente escribí una sola frase:

“Estoy aprendiendo a serlo. Y esta