vez no necesito tu permiso”.
Bloqueé el número.
Abrí la ventana.
Entró una brisa fresca.
Y sonreí.
Porque recordé el mensaje que Sophie me había enviado aquella noche:
“¡Perdón, se me fue el dedo!”
Durante mucho tiempo pensé que aquellas palabras habían sido la muestra definitiva de su crueldad.
Ahora veía algo diferente.
Sophie había querido demostrarme que podía quitarme al hombre con quien me había casado.
Daniel había creído que podía quitarme mi carrera, mi dinero y mi reputación.
Los dos estaban convencidos de que, sin ellos, yo no