tendría nada.
Se equivocaron.
Había perdido un matrimonio y una amistad que alguna vez fueron importantes.
Pero había conservado mi dignidad, mis capacidades y a las personas que me querían de verdad.
Y, sobre todo, había recuperado algo que llevaba años abandonando:
A mí misma.
Aquella noche, antes de acostarme, saqué del armario el traje negro.
Lo colgué cuidadosamente junto a la chaqueta roja.
Ya no era una armadura para enfrentar a mis enemigos.
Era simplemente ropa que me gustaba.
Apagué la luz.
Me acomodé bajo las sábanas.
Y dormí