vez alguien le habló sin miedo, sin pedirle permiso y sin deberle nada.
La cirugía salió bien, pero la recuperación fue dura. Había dolor, mareos, ejercicios que me hacían llorar y noches en que la cadera parecía tener memoria del golpe. Mis hijos iban por turnos los primeros días, más vigilados por la culpa que movidos por ternura. Me llevaban jugos, cobijas, frases pequeñas. Yo agradecía, pero ya no les entregaba todo mi corazón por una visita de veinte minutos. Había aprendido en el piso del baño que la esperanza
Seis horas inmóvil sobre el piso helado del baño Mientras mis hijos me mandaban mensajes explicando por qué no podían venir de inmediato, yo tenía la cadera rota, los labios secos y la mano estirada hacia una puerta que nadie abría.