Seis horas inmóvil sobre el piso helado del baño Mientras mis hijos me mandaban mensajes explicando por qué no podían venir de inmediato, yo tenía la cadera rota, los labios secos y la mano estirada hacia una puerta que nadie abría.

también debe usar bastón.
Una tarde, mientras Teresa me peinaba torpemente, empezó a llorar. —Yo sí te quiero, mamá. —Yo también te quiero —le dije—. Pero querer no sirve si siempre llega después. Ella no discutió. Solo siguió peinándome con las manos temblorosas. Afuera, Don Fermín hablaba con la enfermera sobre las citas de rehabilitación. Óscar lo miraba desde el pasillo como si fuera un enemigo. Yo no dije nada. A veces la sangre se ofende cuando descubre que el amor también puede llegar de la casa de al lado.