Seis horas inmóvil sobre el piso helado del baño Mientras mis hijos me mandaban mensajes explicando por qué no podían venir de inmediato, yo tenía la cadera rota, los labios secos y la mano estirada hacia una puerta que nadie abría.

Me quedé mirando el mosaico un largo rato. No lloré. Solo respiré como quien vuelve al sitio donde casi dejó de existir y descubre que todavía puede reclamarlo.
Mis hijos llegaron esa tarde con comida. Teresa trajo caldo, Iván compró pan y Óscar llegó con una carpeta. Al verla, sentí que el cuerpo se me tensaba. Él lo notó. —No es para vender nada, mamá. Abrió la carpeta despacio. Eran presupuestos de cuidadoras por horas, opciones de terapia física y un calendario donde cada uno había puesto días disponibles. Lo