cinco pasos, luego diez, luego hasta la cocina. La primera vez que pude preparar café sola, puse cuatro tazas en la mesa. Esta vez sí llegaron. No todos a la misma hora, no perfectos, no convertidos en santos, pero llegaron. Teresa lloró al verme de pie. Iván me abrazó con cuidado. Óscar se quedó mirando el baño y dijo que iba a cambiar también la luz, porque estaba muy baja. Yo asentí. Me gustó verlo preocuparse por algo que no se podía vender.
La Navidad de ese año la hicimos
Seis horas inmóvil sobre el piso helado del baño Mientras mis hijos me mandaban mensajes explicando por qué no podían venir de inmediato, yo tenía la cadera rota, los labios secos y la mano estirada hacia una puerta que nadie abría.