en mi casa. Yo no cociné todo. Di órdenes desde una silla como reina cansada. Don Fermín trajo ponche. Mis hijos trajeron comida. Mis nietos corrieron por el patio. En un momento me quedé mirando la puerta del baño, ya seca, segura, con una barra nueva brillando junto al lavabo. Sentí miedo todavía, pero no el mismo. El miedo ya no estaba solo. Tenía cerraduras, teléfonos, vecinos, papeles y una voz más firme para decir: “Necesito ayuda ahora.”
No olvido lo que escuché en el hospital. No quiero olvidarlo. Perdonar
Seis horas inmóvil sobre el piso helado del baño Mientras mis hijos me mandaban mensajes explicando por qué no podían venir de inmediato, yo tenía la cadera rota, los labios secos y la mano estirada hacia una puerta que nadie abría.