declararan incapaz. Teresa empezó a llorar de verdad, pero no supe si por culpa o por haber sido descubierta. —Mamá, estábamos pensando opciones. Ya no puedes estar sola. Miré a Don Fermín. Luego a ellos. —Anoche sí estuve sola. Seis horas. Y ninguno vino. El único que brincó la barda fue él.
Óscar se molestó. —No puedes comparar. Nosotros tenemos trabajos, familias, responsabilidades. —Yo también fui responsabilidad de ustedes cuando me llamaron mamá —dije. Me tembló la voz, pero no bajé la mirada—. Y no necesitaba que dejaran su vida
Seis horas inmóvil sobre el piso helado del baño Mientras mis hijos me mandaban mensajes explicando por qué no podían venir de inmediato, yo tenía la cadera rota, los labios secos y la mano estirada hacia una puerta que nadie abría.