Seis horas inmóvil sobre el piso helado del baño Mientras mis hijos me mandaban mensajes explicando por qué no podían venir de inmediato, yo tenía la cadera rota, los labios secos y la mano estirada hacia una puerta que nadie abría.

mi vida. Cuando por fin entraron, cambiaron la cara en un segundo. Teresa corrió hacia la cama con lágrimas listas. Óscar puso voz grave. Iván se quedó atrás, mirando el celular. —Mamá, qué susto nos diste —dijo Teresa. Yo la miré despacio. —Sí. A mí también me asustó mucho oírlos vender mi casa.
El silencio les borró la actuación. Óscar fue el primero en reaccionar. —Ma, no entendiste. Estamos preocupados por ti. —Escuché bastante bien —respondí, aunque me dolía hablar—. Dijiste que si no quería firmar, podían pedir que me