Seis horas inmóvil sobre el piso helado del baño Mientras mis hijos me mandaban mensajes explicando por qué no podían venir de inmediato, yo tenía la cadera rota, los labios secos y la mano estirada hacia una puerta que nadie abría.

poco, porque no podía hablar mucho. Ella entendió rápido. —No firme nada. No acepte residencia, venta ni poderes. Mañana voy al hospital con un notario.
Esa noche Don Fermín se quedó otra vez. Le dije que se fuera a descansar, que ya había hecho demasiado. Me miró ofendido. —Doña Amalia, yo no brinqué una barda para dejarla sola en la parte más difícil. Se me llenaron los ojos de lágrimas. Él sacó de su bolsa un termo con té y una cobijita para mis pies. —Mi difunta esposa decía que