los hospitales enfrían hasta los pensamientos. Me tapó con cuidado. No era mi hijo. No era mi familia. Pero esa noche me cuidó como si mi vida todavía tuviera valor sin escrituras de por medio.
Al día siguiente llegó la licenciada Graciela. Revisó mis identificaciones, pidió constancia médica de que yo estaba lúcida y trajo a una notaria. Mis hijos llegaron a media mañana, justo cuando yo terminaba de firmar documentos. Óscar se puso tenso. —¿Qué estás firmando? —Medidas para proteger mi casa —respondí. La notaria explicó que yo estaba
Seis horas inmóvil sobre el piso helado del baño Mientras mis hijos me mandaban mensajes explicando por qué no podían venir de inmediato, yo tenía la cadera rota, los labios secos y la mano estirada hacia una puerta que nadie abría.