Seis horas inmóvil sobre el piso helado del baño Mientras mis hijos me mandaban mensajes explicando por qué no podían venir de inmediato, yo tenía la cadera rota, los labios secos y la mano estirada hacia una puerta que nadie abría.

dejando por escrito mi voluntad: la propiedad no podía venderse, hipotecarse ni traspasarse mientras yo viviera; si algún día necesitaba cuidados, se pagarían con una renta parcial supervisada, no con una venta apresurada; y Don Fermín quedaba autorizado como contacto de emergencia junto con la licenciada, porque fue la única persona que respondió cuando mi vida estuvo en peligro.
Teresa se llevó la mano al pecho. —¿Un vecino por encima de tus hijos? —No por encima —dije—. En el lugar que ustedes dejaron vacío. Iván se enojó. —Entonces qué, ¿nos