del bebé.

Por un segundo, mi cuerpo se preparó para verla y se quebró antes de tiempo.

Pero no.

Era una fotografía de Meline en la cama del hospital.

Pálida.

Demasiado pálida.

Con los labios secos.

Una mano sobre una manta vacía.

En la esquina de la imagen, Rosa aparecía sentada junto a ella, inclinada hacia delante, sosteniéndole los dedos.

Al reverso, Meline había escrito:

“Ella estuvo allí.”

Tres palabras.

Suficientes para condenarme.

Miré a la enfermera.

—¿Dónde está Rosa?

—Se fue con su esposa esta mañana.

Su esposa.

No