conversación que había tenido con mi esposa.
Seis días antes, Meline estaba sentada frente a mí en nuestro comedor del Upper East Side.
La mesa era de nogal italiano.
La lámpara colgante costaba más que el primer apartamento donde viví al llegar a Nueva York.
Había dos platos servidos.
El mío casi intacto.
El suyo frío.
Ella llevaba un vestido premamá color crema.
Tenía treinta y cuatro años, el cabello recogido bajo en la nuca y una mano apoyada sobre su vientre.
—Está pateando otra vez —dijo con una sonrisa.