había dolido.
Adrian y yo nunca nos casamos.
Con el tiempo él inició otra relación.
Antes de presentarle a esa mujer a nuestra hija, habló conmigo.
Fue respetuoso.
Maduro.
Muy diferente del hombre que años antes me había sujetado por los hombros para obligarme a arrodillarme.
Una tarde, cuando Elena tenía cinco años, me preguntó:
—Mamá, ¿por qué tú y papá no viven juntos?
No le conté la historia del cabello.
No necesitaba cargar a una niña con los errores de los adultos.
—Porque descubrimos que podíamos ser mejores papás