de no haber trabajado ese día. Llevaba bajo el brazo dos carpetas beige de gran formato.
Tras dar cuenta de un cordero asado en medio de conversaciones forzadas, Martin empujó su silla hacia atrás con la solemnidad de un magistrado que se dispone a dictar sentencia penal:
—Considero —arrancó con voz engolada— que este ejercicio práctico ha demostrado de manera empírica e irrefutable mi tesis original.
—Que Dios nos asista —murmuró Chloe por lo bajo.
Mamá sonrió henchida de orgullo:
—Fue una iniciativa visionaria, Martin. ¡Miren cuánto han madurado estos