y documentos de una propiedad que mi padre me había
dejado.
Recordé que la escritura de nuestra casa tenía una parte importante a mi nombre y que mis años de sacrificio también habían construido algo real.
Al día siguiente hice algo que no había hecho en mucho tiempo: actualicé mi currículum.
Busqué a una antigua compañera de universidad y le pregunté cómo podía regresar al mundo laboral después de tantos años.
Su respuesta fue sencilla:
—No tienes que pedir perdón por haber cuidado