al carrusel, comió algodón de azúcar y se rió hasta quedar agotada.
Regresamos al anochecer.
Laura estaba instalada en mi sala.
Diego permanecía recostado en el sofá con una férula en la pierna.
Eduardo y Laura estaban sentados a ambos lados de él.
Parecían una familia.
Nosotras, dos
intrusas.
Diego vio el globo de Sofía.
—¡¿Se fueron a divertir mientras yo estaba lastimado?!
Laura se secó los ojos.
—Mariana, sé que no soy quién para decirte nada, pero si hubieras estado pendiente de Diego quizá esto no habría