la seguridad de quien jamás había sufrido consecuencias, murmuró:
—Sería mejor. Si se va esa señora mala, mi mamá podría volver a vivir aquí.
“Esa señora mala.”
Cinco años llevaba casada con Eduardo y Diego jamás me había llamado mamá. Tampoco se molestaba mucho en decirme Mariana. Para él yo era “oye”, “esa” o, cuando estaba enojado, “la señora mala”.
Eduardo
nunca lo corregía.
Aquella noche todo había empezado por un muslo de pollo.
En la mesa quedaba el último. Diego había dicho que estaba lleno y había