PARTE 2 / Después de cinco años de matrimonio, mi hija de cuatro años me susurró: “

ya no tenemos que volver a aquella casa?

—No.

Sofía apoyó la cabeza en mi hombro.

Después preguntó algo que me hizo sonreír y llorar al mismo tiempo.

 

—¿Y aquí puedo seguir comiendo pollo cuando quiera?

Mi padre gritó desde la cocina:

—¡Mientras tu abuelo tenga dinero para comprarlo, puedes acabarte hasta el pollo entero!

Sofía soltó una carcajada.

Mi madre también.

Yo miré alrededor.

No había un grupo de WhatsApp que tuviera que rogar para poder pertenecer.

 

No había nadie midiendo cuánta comida merecía mi hija.

No