Volví del entierro de mi esposo y mi nuera me arrojó al cuarto del perro creyendo que yo era una viuda sin nada, sin imaginar que guardaba diecisiete millones, una mansión en Cancún y la verdad capaz de destruir su mentira

Pero el tiempo no se acaba hasta que uno decide quedarse ahí.

Mientras tanto, Patricia no se quedó quieta. Quiso manipular a los niños. Les dijo que yo había destruido la familia, que había jugado con todos, que el divorcio era culpa mía por ocultar dinero. Emma volvió una vez de verla con la mirada endurecida. Dylan, confundido, me preguntó si era verdad que yo había “comprado” el amor de su abuelo.

Eso me dolió más que dormir junto al garaje.

Pero yo ya no era la mujer que aceptaba