Volví del entierro de mi esposo y mi nuera me arrojó al cuarto del perro creyendo que yo era una viuda sin nada, sin imaginar que guardaba diecisiete millones, una mansión en Cancún y la verdad capaz de destruir su mentira

golpes sin mover una pieza. Había contratado abogados de familia, había blindado mis activos, había entregado a Marcos toda la evidencia de la infidelidad y la conspiración patrimonial. El divorcio se volvió inevitable. Patricia pataleó, gritó, exigió, amenazó. Nada le salió. Con las pruebas en su contra, su margen de maniobra se volvió mínimo.

Creí que ahí acabaría todo.

Me equivoqué.

Un martes por la tarde apareció en la casa con David. Marcos no estaba. Los niños seguían en la escuela. Patricia entró con una sonrisa calculada. David llevaba una