carpeta negra.
—Venimos a hacerte una propuesta inteligente —dijo él, sentándose como si aquella sala fuera una oficina suya.
No los invité a pasar, pero pasaron. Esa fue su última arrogancia.
La propuesta era simple en su inmundicia: yo debía transferir tres millones de dólares a una cuenta controlada por Marcos y Patricia “por el bienestar de los niños” y a cambio ella aceptaría regresar, reconstruir el matrimonio y evitar “más daño emocional”.
Los dejé hablar.
Luego David deslizó, en tono pulcro, la amenaza verdadera: si yo no cooperaba, podían