explorar vías legales para cuestionar mi estabilidad mental. Después de todo, ¿qué clase de mujer con recursos se dejaría tratar como sirvienta sin intervenir? Podrían pintar mi conducta como errática. Podrían sugerir deterioro. Podrían involucrar testimonios de los niños.
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Era un chantaje elegante. Pero seguía siendo chantaje.
Me levanté, caminé hasta la ventana y miré el jardín donde Roberto y yo habíamos sembrado limoneros en macetas. Sentí su presencia como una mano firme en mi espalda.
—¿Saben qué es lo más triste? —pregunté sin voltear.