me fui al aeropuerto, Emma me regaló una pulsera de cuentas azules. Dylan me entregó una carta con dibujos de mar y un velero torcido.
“Gracias por enseñarnos que ser fuerte no es gritar más fuerte”, escribió.
Lloré en el avión.
No de tristeza.
De alivio.
La mansión de Cancún era incluso más hermosa que en las fotografías. La primera mañana me desperté sin alarma, sin órdenes, sin pasos de tacones bajando escaleras a exigir café. Abrí las puertas de la terraza y el Caribe me recibió con una luz